El medio tiempo del Super Bowl LX no fue sólo un espectáculo musical, fue una declaración cultural. Con Bad Bunny al frente el escenario del Levi’s Stadium se convirtió en un espacio donde la cultura latina tomó protagonismo absoluto frente a millones de espectadores en todo el mundo.
Durante poco más de diez minutos, la música, la estética y los mensajes del artista puertorriqueño dejaron claro que el espectáculo más visto de la televisión global también puede ser un escenario de representación y orgullo latino.
Desde los primeros segundos, la escenografía marcó la diferencia. El montaje recreó espacios inspirados en Puerto Rico con casas coloridas, escenas del barrio, referencias al campo y símbolos comunitarios que evocaban la vida cotidiana de la isla.
Cada elemento visual funcionó como una narrativa en sí misma, al mostrar cómo la cultura latina no sólo estuvo presente, sino que ocupó el centro del espectáculo. No se trató de un fondo decorativo, sino de una puesta en escena cargada de memoria, identidad y pertenencia.
El recorrido musical acompañó esta propuesta visual con una energía en constante ascenso. Bad Bunny abrió con ‘Tití Me Preguntó’, un tema festivo que encendió el estadio y conectó de inmediato con el público. A partir de ahí, canciones como ‘Yo Perreo Sola’ y ‘Safaera’ marcaron su etapa más irreverente, recordando cómo su carrera ha desafiado normas dentro del género urbano.
Con cada tema, el artista fue reafirmando la fuerza de la música latina en uno de los escenarios más influyentes del entretenimiento mundial.
A mitad del espectáculo, el tono cambió. Con canciones como “Monaco” y “NUEVAYoL”, la presentación se volvió más introspectiva, abordando temas como el éxito, la migración y la vida entre dos culturas. Esta transición permitió que el show no solo fuera una celebración, sino también un espacio de reflexión, donde la voz latina se escuchó con profundidad y autenticidad.
Los invitados especiales elevaron aún más el impacto del espectáculo. La aparición de Lady Gaga sorprendió al público y simbolizó el cruce entre culturas musicales, mientras que la participación de Ricky Martin aportó un momento cargado de emoción y significado histórico. La presencia de ambos artistas reforzó la idea de que el talento y la cultura latina no es aislado, sino parte de una conversación global que atraviesa generaciones y géneros.
El cierre del show fue contundente con “El Apagón”, el estadio se llenó de luces, mensajes de unidad y símbolos de resistencia cultural. La bandera puertorriqueña apareció como un recordatorio de las raíces del artista y de la comunidad que representaba. En ese momento final, el Super Bowl dejó de ser únicamente un evento deportivo para convertirse en un espacio donde la identidad latina dominó la narrativa del espectáculo.
El medio tiempo de Bad Bunny quedará registrado como un punto de inflexión en la historia del Super Bowl. Más allá de la música, la presentación demostró que la cultura latina no solo tiene presencia en los grandes escenarios, sino que es capaz de transformarlos y resignificarlos. Aquella noche, el espectáculo confirmó que el escenario más visto del mundo también puede hablar en español, bailar al ritmo del Caribe y contar historias desde otras realidades.

