La tarde comenzaba como muchas otras en la Ciudad de México: nublada, con ese cielo gris que ya anuncia, sin mucho misterio, lo que se avecina. Pero pocos imaginaban que esa jornada terminaría, una vez más, con el Viaducto Miguel Alemán en Cdmx convertido en un río caótico y estancado.
Pasaban de las cinco cuando las primeras gotas comenzaron a caer. Pequeñas, intermitentes, casi tímidas. Pero en cuestión de minutos, se desató un aguacero brutal.
No era solo lluvia, era una descarga furiosa que parecía querer limpiar con rabia todo lo que tocaba. El sonido del agua golpeando los techos se mezclaba con el claxon desesperado de los coches, el chirriar de los frenos y, poco a poco, con el silencio resignado de los que ya sabían lo que vendría.
En Viaducto, la escena se repite cada temporada. Las coladeras colapsan, el drenaje rebosa y el agua comienza a subir, lenta pero firme, hasta tragarse carriles, autos y cualquier sentido de orden.
En minutos, el asfalto desaparece bajo una capa de agua lodosa. Algunos conductores intentan avanzar como si desafiaran al destino, pero pronto se detienen, atrapados, impotentes. Otros prefieren bajarse, arremangarse los pantalones y empujar sus coches, resignados al espectáculo absurdo de una autopista fluvial.
Entre los curiosos que observan desde los puentes, se escuchan las mismas frases de todos los años: “Siempre lo mismo”, “Nunca arreglan nada”, “¿Y dónde está el gobierno?”. Un ciclista que intenta cruzar termina arrastrado por la corriente; un vendedor ambulante recoge con prisa sus cosas; un auto se queda completamente cubierto hasta las ventanas. En las redes sociales, el Viaducto se vuelve tendencia, no por su importancia vial, sino por sus inagotables inundaciones que parecen sacadas de una comedia negra capitalina.
Mientras tanto, la vida sigue. Las patrullas tratan de desviar el tránsito, los vecinos de colonias cercanas toman fotos, los noticieros muestran imágenes de coches flotando. Y aunque las autoridades prometen cada año estudios, soluciones hidráulicas y mantenimiento preventivo, Viaducto se inunda otra vez. Como si la ciudad tuviera memoria corta, o como si el agua insistiera en recordarnos que aún no hemos aprendido a convivir con ella.
Cuando la lluvia cesa, lo que queda es una mezcla de frustración, lodo y resignación. Los autos encendidos por un milagro mecánico intentan salir del charco que alguna vez fue una vialidad. El Viaducto vuelve a ser calle, aunque por unas horas pareció querer cambiar de vocación y convertirse en río. Así, la Ciudad de México confirma lo que ya sabe: que cuando el cielo se enoja, el agua no perdona.
Nuevamente Viaducto Miguel Alemán en Cdmx , paga los platos rotos.

