El “uso legítimo de la violencia” es una expresión cargada de tensiones éticas, históricas y políticas. Aunque muchas veces se asocia con el monopolio que los Estados modernos reclaman sobre la fuerza, también se utiliza para analizar momentos de insurrección popular, guerras civiles o revoluciones, donde actores no estatales reivindican ese mismo derecho como respuesta a sistemas opresivos.
Esta ambigüedad ha marcado algunos de los capítulos más trascendentales de la historia: desde la emancipación de esclavos hasta regímenes genocidas. La historia demuestra que la violencia puede ser una herramienta tanto de liberación como de destrucción, y que su legitimidad depende no solo del objetivo perseguido, sino también de sus métodos y consecuencias.
La Revolución Haitiana (1791–1804)
Un caso en el que el uso de la violencia logró resultados positivos fue la Revolución Haitiana (1791–1804). En la colonia francesa de Saint-Domingue, donde la esclavitud era brutal y sistemática, los ideales de la Revolución Francesa llegaron a través de panfletos y rumores, encendiendo la chispa entre los esclavos africanos.
Organizados y liderados por figuras como Toussaint Louverture, los esclavos se alzaron contra sus opresores y resistieron durante años los ataques de potencias europeas.
La violencia fue extrema y sostenida, pero culminó en 1804 con la fundación de Haití, el primer Estado libre gobernado por ex esclavos. Aunque el nuevo país sufrió bloqueos internacionales, aislamiento económico y una deuda impuesta por Francia, el logro fue profundo.
Se abolió la esclavitud en una de las colonias más ricas del mundo y se envió un poderoso mensaje a todos los pueblos oprimidos. En este caso, la violencia fue un recurso extremo pero necesario para romper con siglos de opresión estructural.
El régimen del Khmer Rouge en Camboya (1975–1979)
En contraste, el régimen del Khmer Rouge en Camboya (1975–1979) muestra cómo la violencia, usada desde el poder con fines ideológicos totalitarios, puede tener consecuencias únicamente negativas.
Tras la guerra civil, el grupo comunista radical liderado por Pol Pot tomó el poder e intentó rehacer la sociedad desde cero, eliminando a intelectuales, religiosos, minorías étnicas y cualquier vestigio del pasado. La violencia no fue una respuesta a la opresión, sino una forma de imponer una visión delirante del mundo.
Se calcula que cerca de 1.7 millones de personas murieron por ejecuciones, hambre y trabajos forzados. El país quedó devastado en todos los niveles: social, económico y psicológico.
A diferencia de Haití, donde la violencia fue una reacción desesperada ante un sistema esclavista, en Camboya fue el método central para construir una utopía que resultó ser un infierno. Es un ejemplo trágico de cómo el uso de la violencia sin límites éticos ni control institucional destruye más de lo que transforma.
La Revolución Francesa (1789–1799)
Entre estos dos extremos se encuentra la Revolución Francesa (1789–1799), un ejemplo paradigmático de resultados mixtos. Lo que comenzó como una exigencia legítima por derechos y equidad ante una monarquía absoluta, pronto se tornó en un proceso turbulento.
Hubo avances irreversibles: el fin de los privilegios feudales, la declaración de los Derechos del Hombre y el impulso a la idea de ciudadanía moderna.
Sin embargo, el camino incluyó fases de extrema violencia, como el Reino del Terror, donde miles fueron ejecutados sin juicio justo. Además, el proceso revolucionario terminó derivando en el ascenso de Napoleón Bonaparte como emperador, lo que implicó un nuevo ciclo autoritario.
La Revolución Francesa muestra que la violencia puede abrir caminos hacia la democracia, pero también ser corrompida y usada en nombre del poder. La complejidad de sus consecuencias sigue siendo objeto de debate entre historiadores y filósofos políticos.
El uso legítimo de la violencia no puede evaluarse en términos absolutos. Cada caso histórico demuestra que su valoración depende del contexto, de los actores involucrados, de los objetivos perseguidos y, sobre todo, de los resultados a largo plazo. Mientras que en Haití la violencia sirvió como única vía para la emancipación de millones de personas esclavizadas, en Camboya fue el instrumento de un genocidio sin sentido. Y en Francia, la violencia revolucionaria fue tan creadora como destructiva.
¿Y México?
En el contexto actual de México, donde las tensiones sociales se expresan en marchas, protestas y demandas por justicia, la pregunta sobre los límites y el uso legítimo de la violencia —tanto por parte del Estado como de los movimientos sociales— sigue siendo vigente.
En una democracia frágil y desigual, comprender el legado histórico del uso legítimo de la violencia permite reflexionar sobre sus riesgos y alcances, y trazar caminos más justos para la transformación social sin repetir los errores del pasado.

