El concepto de niveles de funcionamiento en el autismo ha sido utilizado durante décadas por profesionales de la salud para referirse, de forma general, a la autonomía o capacidad adaptativa de una persona dentro del espectro autista
Sin embargo, en los últimos años, ha surgido un debate profundo sobre la precisión, utilidad y consecuencias éticas de esta terminología, tanto en el ámbito clínico como en el social.
En redes sociales, organizaciones como @iluminemosporelautismo difunden contenido sobre la vivencia autista y cuestionan creencias imprecisas y equivocadas.
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En 2013, la publicación del DSM-5 por la Asociación Americana de Psiquiatría eliminó diagnósticos separados como el síndrome de Asperger y propuso, en su lugar, una clasificación basada en tres niveles que indican el grado de apoyo requerido: nivel 1 (“requiere apoyo”), nivel 2 (“requiere apoyo sustancial”) y nivel 3 (“requiere apoyo muy sustancial”).
Esta categorización busca facilitar la comunicación clínica y la asignación de recursos, pero muchos expertos y personas autistas han señalado que no siempre refleja la compleja realidad del espectro.
Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), en 2022 se estimó que uno de cada 31 niños de 8 años había sido identificado con trastorno del espectro autista en Estados Unidos.
Una de las principales críticas al uso de niveles de funcionamiento en el autismo es que implica una jerarquía implícita. La etiqueta de “alto funcionamiento”, por ejemplo, puede llevar a que se minimicen las necesidades de una persona que, aunque puede hablar fluidamente o tener un alto rendimiento académico, sufre de ansiedad debilitante, dificultades sensoriales o problemas severos de organización ejecutiva.
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En cambio, a quienes se les describe como de “bajo funcionamiento” se les suele negar autonomía, voz propia o capacidad de tomar decisiones sobre sus vidas.
Un estudio publicado en Journal of Autism and Developmental Disorders en 2021 mostró que los niveles asignados en el DSM-5 a menudo se correlacionan con el coeficiente intelectual, lo que sugiere que los profesionales pueden estar usando el desempeño cognitivo como una medida indirecta de “funcionamiento”.
Esto puede resultar problemático, ya que no refleja las variaciones que una misma persona puede tener según el contexto o el día.
Por otro lado, se argumenta que la clasificación por niveles permite a los sistemas de salud priorizar apoyos y facilitar el acceso a intervenciones, especialmente en contextos donde los recursos son limitados.
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También se ha defendido que los niveles pueden ser útiles si se entienden como una medida orientativa del tipo y cantidad de apoyo necesario, siempre acompañados de evaluaciones más individualizadas y longitudinales.
Actualmente, muchas comunidades dentro del movimiento por la neurodiversidad proponen reemplazar el lenguaje de niveles de funcionamiento en el autismo por descripciones más específicas y centradas en el perfil de apoyos requeridos en distintas áreas: comunicación, regulación emocional, habilidades sociales y autonomía.
Esta transición apunta a una comprensión más matizada y respetuosa de la condición autista, sin recurrir a etiquetas que simplifican o estigmatizan.
La discusión continúa abierta entre quienes valoran su utilidad práctica para fines clínicos y administrativos, y quienes abogan por un enfoque más humano y personalizado que refleje la diversidad real del espectro autista.
Mientras tanto, los niveles de funcionamiento en el autismo siguen siendo una herramienta vigente en entornos médicos y educativos, aunque con un reconocimiento creciente de sus limitaciones.

