La promesa era progreso, desarrollo vertical, infraestructura de primer mundo. Una torre que transformaría el horizonte de la Ciudad de México y la posicionaría como metrópoli global. Lo que llegó fue Mitikah y el desplazamiento en Xoco: una historia donde la modernidad avanzó dejando grietas difíciles de reparar.
Entre calles que aún conservaban algo del viejo trazo barrial, llegaron las vallas, las talas, los silencios administrativos. Y con ellos, una pregunta que persiste: ¿qué queda atrás cuando el futuro se impone desde arriba?
En 2019, el proyecto Mítikah —un complejo de usos mixtos encabezado por Fibra Uno— ejecutó la tala de más de 50 árboles en la calle Real de Mayorazgo. No fue una poda técnica. Fue una intervención masiva, documentada en video por vecinos, que mostró cómo la expansión del desarrollo inmobiliario avanzaba sin el aval completo de las autoridades ambientales.
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La Secretaría del Medio Ambiente de la CDMX (Sedema) sancionó a la empresa con una multa superior a los 40 millones de pesos. Aún así, los árboles no regresaron. Y las vialidades que antes servían como paso común fueron absorbidas por la lógica del centro comercial: bloqueadas, restringidas, vigiladas.
Xoco no era una colonia cualquiera. Hasta antes de Mítikah, mantenía una identidad barrial, con dinámicas comunitarias, tianguis tradicionales y tránsito vecinal. La llegada del megaproyecto modificó no solo la estética del lugar, sino su funcionamiento.
El mercado fue desplazado, calles como Mayorazgo se convirtieron en corredores para autos de lujo, y los vecinos comenzaron a enfrentar una alza desmedida en rentas, además de saturación vehicular y pérdida de espacio público.
La modernidad, dicen algunos, llegó como invasión disfrazada. Lo ocurrido con Mítikah ilustra cómo los megaproyectos en México tienden a avanzar más rápido que la deliberación pública.
Si bien existe un discurso oficial que celebra las inversiones y los empleos que se generan —y no es falso que los haya—, también hay una ausencia crónica de procesos de consulta, rendición de cuentas y equilibrio territorial. El desarrollo llega, pero sin preguntar.
La reforestación, por ejemplo, fue anunciada como parte de las medidas de mitigación. Tres árboles nuevos por cada uno talado.
Pero hasta la fecha no existe evidencia clara de que se haya cumplido en su totalidad. Y la integración del proyecto con el tejido urbano de Xoco fue más bien una sustitución: lo nuevo no se adaptó a lo viejo, lo arrasó.
Los vecinos han respondido con protestas, solicitudes de transparencia y acciones legales. Algunos han llevado el tema hasta el Congreso local, denunciando la omisión de las autoridades y la permisividad ante el poder inmobiliario. Aunque se lograron suspensiones temporales en ciertos momentos del proceso, el proyecto avanzó sin mayores obstáculos.
La imagen de una calle cercada por vallas metálicas —a unos pasos de una plaza comercial recién inaugurada— se convirtió en símbolo del tipo de ciudad que se está construyendo: una donde las decisiones se toman lejos del territorio, y donde lo común se vuelve mercancía.
Quizá no sorprenda. En muchas partes del país, las ciudades se están redibujando desde la lógica del dinero: lo que no genera valor es desplazado, y lo que no embona con la estética corporativa es silenciado.
Cada vez que un árbol cae sin justificación, cada vez que una calle se cierra sin consulta, algo más se rompe: la posibilidad de que el desarrollo sea compartido, incluyente, legítimo.
Mitikah y el desplazamiento en Xoco ya son parte del horizonte de la ciudad. Su silueta reluce en postales aspiracionales y en renders arquitectónicos. Pero en la base, allá donde las raíces fueron arrancadas, persiste una fractura y se renueva la pregunta que no cabe en ningún plano: ¿a quién le sirve esta idea de futuro?

