En la historia del tenis hay nombres que resuenan como leyendas: Roger Federer, Serena Williams, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Steffi Graf, Martina Navratilova, por mencionar algunos. Todos tienen carreras impresionantes y récords difíciles de igualar, sin embargo, hay una figura cuya grandeza quedó estancada por un acto de violencia absurdo e inaceptable: Mónica Seles, la mejor tenista de la historia, de no haber sido apuñalada por un espectador en 1993.
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Mónica Seles no fue sólo una promesa, fue un fenómeno precoz y dominante. A los 16 años ya ganaba Grand Slams, antes de cumplir 20 ya había salido victoriosa en más de 200 partidos y ya había conseguido 30 títulos, de los cuales ocho eran mayores.
Entre 1990 y 1993, su presencia en el circuito fue abrumadora: su estilo de juego era agresivo, innovador y completamente intimidante para sus rivales. Pegaba con ambas manos desde los dos lados, derecha y revés, con una potencia poco vista en el tenis femenino hasta entonces. Además, lo hacía con una intensidad mental y física que hacía parecer que cada punto era una batalla.
Su dominio fue tal que, durante ese periodo, ganó 3 Roland Garros consecutivos, levantó trofeos en Australia y Estados Unidos, y desplazó a Steffi Graf del número uno del mundo, todo esto en plena adolescencia. Mientras otras tenistas aún se formaban, Seles ya estaba redefiniendo el juego.
Pero todo cambió el 30 de abril de 1993. Mientras jugaba un partido en Hamburgo, un fanático que estaba obsesionado con que Steffi Graf quería que la jugadora alemana volviera a ser la número uno del mundo, y Seles era quien había desplazado a Graf de esa posición, por lo que saltó a la cancha y la apuñaló por la espalda.
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El ataque no sólo la sacó del tenis durante más de dos años, también destruyó parte de su confianza, su ritmo competitivo y su seguridad personal. Nunca volvió a ser la misma. Aunque regresó y ganó un último Grand Slam (el Abierto de Australia en 1996) y una medalla olímpica (bronce en Sídney 2000), su carrera quedó dividida en dos: la Seles invencible antes del ataque, y la Seles valiente pero limitada después de él.
Antes del ataque, Seles ganó 8 de 9 Grand Slams en los que compitió por el primer puesto, salió campeona en 32 de los 51 torneos WTA que disputó, tuvo una racha de 36 partidos consecutivos sin perder y estaba invicta en el Australian Open.
Imaginemos por un momento un escenario alternativo, uno donde la seguridad hubiera hecho su trabajo y Seles hubiera seguido compitiendo en plenitud. ¿Cuántos Grand Slams más habría ganado? ¿Cuántos récords más habría roto? ¿Habría prolongado su rivalidad con Graf hasta desplazarla definitivamente como la número uno histórica? Las respuestas son especulativas, sí, pero no improbables. Basta mirar las estadísticas de sus primeros años para darse cuenta de que Mónica Seles tenía el potencial de ser la mejor tenista de la historia.
La mayoría de las tenistas dominan en sus veintes, pero Mónica Seles lo hizo en su adolescencia. Lo hizo enfrentando a algunas de las mejores jugadoras de la historia. Eso no es común, ni normal, ni fácilmente replicable. Es extraordinario. Su capacidad de concentración, su fuerza mental y su habilidad para dictar el ritmo del partido la convirtieron en una fuerza imparable.
Por todo esto, Mónica Seles habría sido la mejor tenista de la historia, no por nostalgia o romanticismo, sino por hechos y estadísticas. La tragedia que vivió no sólo cambió su vida, sino también el rumbo del deporte femenino.
Si bien este suceso privó a mucha gente de ver la culminación de una carrera que, sin interrupciones, seguramente habría sido la más grande de todas, Mónica Seles es un ejemplo de esfuerzo y determinación después del daño físico y, sobre todo psicológico, con el que lidió durante tanto tiempo para poder regresar a jugar tenis.

