El gobierno venezolano está incentivando a civiles para que se preparen a “defender” al país ante el hipotético escenario de que Estados Unidos invada Venezuela. Esta medida surge en un contexto en el que Washington ha intensificado su presión con maniobras navales cerca de las aguas territoriales venezolanas y operativos contra embarcaciones acusadas de transportar drogas.
Preparación civil y discurso oficial
A ello se suma la recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por el Departamento de Estado para la captura de Nicolás Maduro, acusado de liderar el llamado Cartel de los Soles. La retórica hostil también se alimenta de declaraciones como las del presidente Donald Trump, quien en campaña llegó a calificar a migrantes venezolanos como “criminales”.
Desde Caracas, el ministro de Defensa ha calificado estas acciones como una “guerra no declarada”, mientras Maduro insiste en denunciar una “amenaza militar”. En este marco, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) ha iniciado el adiestramiento de comunidades de bajos recursos en el uso de armas, con el argumento de que se trata de una defensa legítima frente al intervencionismo extranjero.
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Memoria histórica como justificación
El discurso oficial venezolano se apoya en un amplio archivo de precedentes históricos que refuerzan su narrativa de resistencia. Entre ellos destacan:
- La invasión estadounidense a Panamá en 1989, que derrocó a Manuel Noriega y dejó centenares de muertos.
- Las intervenciones militares en Haití durante las décadas de 1990 y 2000, en las que Washington justificó su papel como garante del orden pero dejó al país en una situación de dependencia.
- El golpe de Estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala (1954), orquestado por la CIA para proteger intereses corporativos de la United Fruit Company.
- El derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973), en el que la intervención de Washington fue clave para el ascenso de Augusto Pinochet.
En el caso venezolano, la memoria del golpe de 2002, cuando Hugo Chávez fue depuesto por horas en un escenario de respaldo tácito de Estados Unidos, constituye un pilar del discurso oficial: prueba de que la amenaza de invasión no es paranoia infundada, sino una posibilidad que Caracas considera tangible.
Pese a este relato oficial, en muchos barrios de Caracas la vida transcurre entre la rutina y la incertidumbre. Jóvenes que asisten a la universidad, comerciantes en mercados populares o familias que intentan sobrevivir a la inflación ven con recelo los ejercicios militares. Para algunos, los entrenamientos son percibidos como un espectáculo propagandístico más que como una estrategia real de defensa, mientras que otros temen que las armas en manos de civiles abran la puerta a mayor violencia interna. Esto preocupa en un país ya marcado por altos índices de criminalidad.
El dilema de la legitimidad internacional
Existen diferencias con esos episodios. A nivel internacional, el gobierno de Maduro ha sido señalado como ilegítimo por la Organización de Estados Americanos (OEA) y acusado de sostener redes criminales, en particular a través del Cartel de los Soles. Estas imputaciones refuerzan el argumento de Washington de considerarlo una amenaza para la seguridad hemisférica, un marco que podría justificar acciones de mayor presión política o incluso militar.
El analista político Benigno Alarcón interpreta la estrategia de civiles armados no como un verdadero plan de defensa, sino como un recurso propagandístico. Según explica, el gobierno busca utilizar a la población civil como escudo humano: más que repeler un ataque, lo que Maduro pretendería es proyectar hacia el exterior la imagen de una barbarie causada por Estados Unidos, dañando su legitimidad internacional si llegara a concretarse una incursión.
Competencia geopolítica
En este contexto también debe considerarse la competencia geopolítica. Rusia y China han cuestionado el papel de Estados Unidos como “policía del mundo”, advirtiendo sobre el costo de mantener un modelo intervencionista en América Latina.
Rusia ha suministrado aviones de combate Sukhoi, sistemas antiaéreos S-300 y entrenamiento especializado a la FANB, mientras China ha refinanciado parte de la deuda y consolidado su presencia en telecomunicaciones y energía. Estas alianzas no solo apuntalan al gobierno de Maduro, sino que también ofrecen a Moscú y Pekín la oportunidad de desafiar directamente la influencia de Washington en la región.
El desgaste del protagonismo estadounidense en la región se refleja en varios frentes: China se ha convertido en el principal socio comercial de buena parte de América Latina; Rusia ofrece respaldo militar y diplomático a gobiernos aislados; y las sanciones económicas contra Caracas no han logrado un cambio de régimen, pero sí han incentivado nuevas alianzas con Irán, Turquía y otros actores fuera del continente.
Una confrontación con consecuencias hemisféricas
El desenlace de esta confrontación marcará no solo el rumbo de Venezuela, sino también el papel que Estados Unidos logrará —o no— sostener como potencia hegemónica en el hemisferio. Caracas busca convertir la amenaza en un recurso propagandístico para cohesionar a su población; Washington, en cambio, enfrenta el riesgo de que cualquier acción militar lo presente ante el mundo como un imperio desgastado que ya no logra imponerse en su propio “patio trasero”.
En última instancia, el dilema no es solo si Estados Unidos invade Venezuela, sino si logra mantener su papel como potencia indiscutida en el hemisferio o cede espacio a un orden multipolar que ya se perfila en la región.

