Colombia acumula 136 casos autóctonos y 3 importados de fiebre amarilla desde el inicio del brote en 2024, una cifra que encendió las alarmas de las autoridades sanitarias nacionales y de organismos internacionales. La enfermedad ha registrado altas tasas de mortalidad en varios departamentos, especialmente en zonas rurales donde el acceso oportuno a servicios médicos es limitado. Tolima, una de las regiones más afectadas, reportó decenas de contagios en comunidades que hasta hace poco no estaban consideradas como áreas de riesgo.
Ante el aumento sostenido de casos y la rápida expansión territorial del virus, la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS) desplegó una operación de cooperación técnica junto al Ministerio de Salud y el Instituto Nacional de Salud, con el objetivo de contener la transmisión y evitar nuevas muertes. Las acciones incluyen vacunación masiva, vigilancia epidemiológica y control intensivo del mosquito vector.
Cabe mencionar que esta enfermedad tiene síntomas parecidos al dengue: fiebre, dolores musculares y de cabeza, vómitos, etcétera.
Uno de los pilares de la estrategia ha sido la adquisición de 1.3 millones de dosis adicionales de vacuna, sumadas a equipos de cadena de frío para garantizar su conservación en zonas remotas. Paralelamente, se reforzó la capacitación del personal médico en diagnóstico, manejo clínico y farmacovigilancia para asegurar una respuesta homogénea en todo el territorio nacional.
La vigilancia se fortaleció tanto en humanos como en primates no humanos, considerados sentinelas naturales del virus. Equipos técnicos recibieron entrenamiento en entomología, captura e identificación de mosquitos y análisis virológico, con el fin de establecer rutas de transmisión y zonas de riesgo. Laboratorios regionales también fueron equipados con reactivos y herramientas para asegurar diagnósticos rápidos y fiables.

En el componente comunitario, la OPS implementó una amplia estrategia de comunicación de riesgos. Más de 500 trabajadores de salud en el sur del Tolima fueron capacitados y se creó una red de vigilancia comunitaria con 500 líderes locales y más de 6,000 integrantes virtuales, encargados de identificar señales de alerta y promover la vacunación. Para llegar a las zonas más aisladas, se utilizaron herramientas culturales como teatro popular, perifoneo, campañas radiales en 37 emisoras y muralismo preventivo.
Las autoridades destacan que, aunque la respuesta ha fortalecido las capacidades del país, el brote sigue activo y requiere vigilancia continua. La elaboración de la nueva Guía Nacional de Vigilancia de Epizootias en Primates y la adopción del enfoque “Una Sola Salud” son claves para anticipar futuros brotes en un contexto de cambio climático y expansión del vector.
Con los casos aún en ascenso y nuevas áreas en riesgo, el llamado oficial es claro: vacunarse, reconocer signos de alarma y mantener medidas preventivas para evitar que la fiebre amarilla cobre más vidas.

